Activismo y cambio de conciencia social
Thursday August 17th 2017

Lo que me queda de la Cumbre de Copenhague

A pesar de que se les dice alto y claro, los líderes mundiales siguen dando prioridad a los intereses por encima de los principios

Terminó la esperada Cumbre de Copenhague. Y terminó como muchos esperaban que terminara: con un desastroso fracaso de la política internacional. Los que siguen pensando que el planeta Tierra es su cortijo deben de estar contentos, y los que pensamos que el planeta Tierra es un entramado de vida, quizás incluso un organismo vivo en sí mismo, hemos optado por la «división de opiniones»; o, al menos, por la «división de actitudes».

Los hay que, por su carácter pesimista, lo ven ahora todo negro y se han sumido en la desesperanza.

Los hay que, siendo más bien personas preocupadas, fruncen el ceño y barruntan para sus adentros el inquietante panorama que se nos presenta.

Los hay que, debido a su sangre caliente, se enfurecen ante tanta estupidez como puede congregarse en un solo evento (el poeta y filósofo alemán Friedrich Schiller decía, «Contra la estupidez humana, los propios dioses luchan en vano»).

Y los hay que, como yo, o como Emilio Carrillo, en un artículo que ha publicado en su blog, hemos optado por ver la semilla de oro en el plomo (o el punto de yin dentro del yang, como se prefiera). Quizás seamos unos «optimistas». Algunos dirán que somos unos idealistas trasnochados. Pero yo prefiero pensar, como Gandhi, que somos «idealistas prácticos».

¿Qué me ha quedado a mí de la Cumbre de Copenhague?

Me han quedado varias cosas, a saber:

En primer lugar, que ya está bien de confiar en la clase política, por muy «moderna» y avanzada que nos parezca. Que lo que es evidente es que el desaguisado lo tenemos que resolver entre todos, entre la sociedad civil; y que, para ello, tendremos que ser sumamente creativos e ingeniosos, buscando las mil maneras de que los que gobiernan terminen por abrir los ojos y ver lo que se nos avecina a todos (Internet sin duda será clave en este empeño).

En segundo lugar, y ya que estamos en ello, me queda la respuesta de la sociedad civil en Copenhague, con sus manifestaciones y protestas. Sobre todo, me queda el magnífico golpe de efecto de Greenpeace en «la cena de las pajaritas», con su contundente cartel de «Los políticos hablan, los líderes actúan»; frase que está dentro de la línea más pura de los orígenes de Greenpeace, con su adherencia a la profecía nativa americana de los Guerreros del Arcoiris (tanto la versión cree como la hopi de la profecía dice que los Guerreros del Arcoiris «pondrán su fe en las acciones, no en las palabras»).

En la línea más pura de los orígenes de Greenpeace: "pondrán su fe en las acciones, no en las palabras"

En tercer lugar, y ya que hablamos de acción, me queda la tercera ley de Newton, o principio de acción-reacción, que dice que, cuando un cuerpo ejerce una fuerza sobre otro, éste ejerce sobre el primero una fuerza igual y de sentido opuesto. Esta ley se puede comprobar en la vida cotidiana fácilmente; cuando uno quiere dar un salto, lo primero que hace es agacharse para empujar con los pies el suelo. Así se obtiene el impulso para saltar hacia arriba. Es decir, cuanto más nos obliguen a agacharnos y pretendan que escondamos la cabeza debajo del ala, más alto saltaremos nosotros, los que creemos que otro mundo mejor es posible, para hacernos ver y ponerles en evidencia.

Eso ya nos pasó en los años 60-70, cuando el gobierno de los Estados Unidos intentó acallar las voces pacifistas contra la Guerra de Vietnam. En la célebre Marcha sobre el Pentágono de 1967 se manifestaron unas 100.000 personas. Menos de 40 años después, el pacifismo es una fuerza que no sólo no pueden ignorar, sino que temen (por eso prohiben la emisión de imágenes de las guerras de Iraq o Afganistán); y en las manifestaciones contra la guerra de Iraq no fueron unas decenas de miles de personas las que se manifestaron, sino millones y millones en medio mundo (entre Roma, Londres, Madrid y Barcelona, sumaron 7 millones de personas).

Así opera la tercera ley de Newton… aplicada a las «ciencias sociales».

Y, por último, y como resumen de todo lo anterior, de la Cumbre de Copenhague me queda algo mucho más… ¿cómo lo diría? …algo más «intenso»:

Me queda la determinación, multiplicada ahora por x, de seguir trabajando y luchando (sí, «luchando») por ese mundo mejor posible.

Me queda la convicción profunda de que finalmente lograremos nuestro objetivo.

Y me queda la decisión firme de sumarme a la próxima concentración de la sociedad civil frente a las puertas de la próxima cumbre de políticos sonámbulos (como la de Copenhague) que se organice.

Mi aportación, en número y en relevancia, será ciertamente humilde, pero no se me escapa la enorme importancia que tiene que todos y cada uno de los que creemos en otra humanidad y otro mundo arrimemos el hombro en este empeño.

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