Activismo y cambio de conciencia social
Thursday August 17th 2017

Breve historia del neoliberalismo (y cómo podemos arreglar esto)

Artículo de Jason Hickel, profesor de la London School of Economics, aparecido en New Left Project, 9 Abril 2012.

Traducción de Grian A. Cutanda

Como profesor universitario, me encuentro a menudo con que mis alumnos y alumnas dan por sentada la ideología económica dominante actual como algo natural e inevitable. Y no resulta sorprendente, dado que la mayoría de ellos nacieron a principios de la década de 1990, y el neoliberalismo es lo único que han conocido. En la década de 1980, Margaret Thatcher tuvo que convencer a la gente de que “no había alterantiva” al neoliberalismo. Pero, actualmente, esta suposición se da por sentada; está en el aire que respiramos, es parte del mobiliario del sentido común cotidiano, y tanto la derecha como la izquierda la aceptan en términos generales. Pero no siempre fue así. El neoliberalismo tiene su propia historia, y el mero hecho de conocer esa historia es un buen antídoto para su hegemonía, pues demuestra que el orden actual no es natural ni inevitable, sino que es algo nuevo, que vino de alguna parte y que estaba diseñado por unas personas muy concretas que tenían unos intereses muy concretos.

Durante la mayor parte del siglo XX, las políticas básicas que comprenden la actual ideología económica oficial habrían sido rechazadas por absurdas. Políticas similares se habían puesto en práctica anteriormente con resultados desastrosos, y la mayoría de los economistas habían pasado a sustentar el pensamiento keynesiano o alguna forma de socialdemocracia. Tal como lo expresa Susan George, “La idea de que había que dejar a los mercados tomar decisiones sociales y políticas importantes, la idea de que el Estado debía renunciar voluntariamente a su papel en la economía, o que había que dar total libertad a las grandes corporaciones, que había que poner freno a los sindicatos y que había que dar menos protección social a los ciudadanos, en vez de más… tales ideas eran totalmente ajenas al espíritu de la época”.

Entonces, ¿cómo fue que cambió todo? ¿De dónde vino el neoliberalismo? En las siguientes secciones ofrezco un esbozo de la trayectoria histórica que nos ha llevado adonde nos encontramos hoy en día, y demuestro que la política neoliberal es directamente responsable del declive del crecimiento económico y del rápido incremento de las desigualdades sociales, tanto en Occidente como en todo el mundo, y ofrezco algunas sugerencias sobre cómo podemos abordar estos problemas.

EL NEOLIBERALISMO EN EL CONTEXTO OCCIDENTAL

El relato comienza con la Gran Depresión de los años 30, que fue una consecuencia de lo que los economistas llaman una “crisis de superproducción”. El capitalismo se había ido expandiendo mediante un incremento de productividad y una reducción de salarios, pero esto había generado profundas desigualdades, había erosionado poco a poco la capacidad de consumo de la gente y había creado un exceso de productos que no encontraban mercado. Para resolver esta crisis y evitar que volviera a suceder en el futuro, los economistas de la época —liderados por John Maynard Keynes— sugirieron que el estado debía regular el capitalismo. Sostenían que, reduciendo el desempleo, elevando los salarios e incrementando la demanda y el consumo de productos, el estado podría garantizar un crecimiento económico y un bienestar social firmes —una especie de compromiso de clases entre el capital y los trabajadores que prevendría las inestabilidades.

Este modelo económico es conocido como “liberalismo arraigado o solidario”, y era una forma de capitalismo que estaba arraigado en la sociedad, limitado por los intereses políticos, y consagrado al bienestar social. Pretendía ofrecer un salario decente a las familias a cambio de una mano de obra de clase media dócil y productiva, con los medios para consumir todos aquellos productos básicos que se elaboraban en masa. Estos principios se aplicaron ampliamente tras la Segunda Guerra Mundial en los Estados Unidos y Europa. Las autoridades políticas creían que podrían utilizar los principios keynesianos para asegurar la estabilidad económica y el bienestar social en todo el mundo, y de este modo prevenir otra guerra mundial. Desarrollaron las Instituciones de Bretton Woods (que posteriormente se convertirían en el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio) con el fin de solucionar los problemas de las balanzas de pagos  y favorecer la reconstrucción y el desarrollo de una Europa en ruinas.

El liberalismo solidario dio lugar a unas altas tasas de crecimiento durante las décadas de 1950 y 1960, principalmente en el Occidente industrializado, pero también en muchos países post-coloniales. Sin embargo, a principios de la década de 1970, el liberalismo solidario comenzó a enfrentarse a una crisis de “estanflación”, que es una combinación de elevada inflación y estancamiento económico. En los Estados Unidos y Europa, las tasas de inflación se elevaron desde alrededor del 3% en 1965 hasta casi el 12% diez años más tarde. Los economistas debatían los motivos de la estanflación durante este período, y los académicos progresistas como Paul Krugman apuntaron a dos factores. En primer lugar, el alto coste de la Guerra de Vietnam había dejado a los Estados Unidos con un alto déficit en la balanza de pagos —el primero del siglo XX—, al punto que los inversores internacionales, preocupados, comenzaron a desprenderse de sus dólares, lo cual aumentó las tasas de inflación. Pero Nixon exacerbó la inflación cuando, intentando compensar los crecientes costes de la guerra, decretó el fin de la convertibilidad de los dólares por oro en 1971: el precio del oro se disparó, mientras que el valor del dólar se derrumbaba. En segundo lugar, la crisis del petróleo de 1973 elevó los precios y llevó a una disminución de la producción y del crecimiento económico, llevando al estancamiento. Pero los académicos conservadores rechazaron estas razones. En vez de eso, ellos se aferraron a un relato que veía la estanflación como la consecuencia directa de unos impuestos demasiado onerosos sobre los ricos y de un exceso de regulaciones económicas, afirmando que representaba el inevitable punto final del liberalismo solidario y justificando el desguace de todo el sistema.

En aquel momento, estos últimos argumentos resultaron mucho más atractivos para los ricos, quienes —según David Harvey [1]— estaban buscando el modo de recuperar su poder de clase tras la fase del liberalismo solidario. En los Estados Unidos, la proporción de la renta nacional que percibía el 1% con mayores ingresos cayó del 16 al 8% durante las décadas posteriores a la guerra, pero esto no les supuso un perjuicio demasiado grave, en tanto en cuanto el crecimiento económico se mantuvo estable, y dado que su parte del pastel era cada vez más grande. Sin embargo, cuando el crecimiento se detuvo y estalló la inflación en los 70, su riqueza comenzó a menguar de un modo mucho más alarmante y, como respuesta, intentaron no sólo revertir los efectos de la estanflación en sus ganancias, sino que utilizaron también la crisis como excusa para desmantelar el liberalismo solidario.

Encontraron la solución en la “Regla Volcker”. Paul Volcker fue designado por el presidente Carter director de la Reserva Federal de Estados Unidos en 1979. Siguiendo las recomendaciones de los economistas de la Escuela de Chicago, como Milton Friedman, Volcker sugirió que la única forma de detener la crisis era sofocar la inflación elevando los tipos de interés. La idea consistía en poner freno a la oferta de dinero, incentivar el ahorro e incrementar así el valor de la moneda. Y cuando Reagan asumió la presidencia en 1981, confirmó a Volcker en el cargo para que siguiera subiendo los tipos de interés desde menos del 10 hasta el 20%.

Esto provocó una inmensa recesión, llevó los índices de desempleo por encima del 10% y, en consecuencia, desarboló el poder de los sindicatos, que durante el liberalismo solidario habían tenido un papel crucial como contrapeso de los excesos capitalistas que habían llevado a la Gran Depresión. La Regla Volcker tuvo unos efectos devastadores sobre la clase trabajadora; pero remedió la inflación.

Si una política monetaria ajustada (es decir, apuntando a una baja inflación) fue el primer componente del neoliberalismo en ponerse en práctica a principios de los 80, el segundo fue la economía de la oferta. Reagan decidió dar más dinero a los ya ricos como forma de estimular el crecimiento económico, bajo el supuesto de que estos invertirían en capacidad productiva y crearían riqueza; una riqueza que poco a poco rebosaría y se “derramaría” sobre el resto de la sociedad (cosa que no ocurrió, como pronto veremos). Para ello, bajó el tipo impositivo marginal máximo desde el 70% hasta el 28%, y redujo el máximo del impuesto sobre plusvalías al 20%, el más bajo desde la Gran Depresión. Lo que no muchos comentan sobre estos recortes es que Reagan también aumentó los impuestos sobre la nómina de las clases trabajadoras, moviéndose hacia el objetivo republicano de un “impuesto único” para todos. El tercer componente del plan económico de Reagan fue desregular el sector financiero. Pero Volcker se negó a dar su apoyo a esta política, por lo que Reagan designó a Alan Greenspan para que le sustituyera en 1987. Greenspan —un monetarista, que promovió la reducción de impuestos y la privatización de la Seguridad Social— fue confirmado en su cargo por los sucesivos presidentes, tanto republicanos como demócratas, hasta 2006. Las desregulaciones que Greenspan introdujo precipitarían con el tiempo la crisis financiera global de 2008, durante la cual millones de personas perderían sus hogares por ejecución hipotecaria. [2]

Juntas, estas políticas (que copiaría Margaret Thatcher en Gran Bretaña exactamente en la misma época, junto con una desenfrenada privatización) llevó la desigualdad social en los Estados Unidos hasta unos niveles sin precedentes, como se puede ver en los siguientes gráficos. El Gráfico 1 muestra cómo la productividad siguió incrementándose de forma permanente durante este período, mientras que los salarios caían en picado tras la Regla Volcker de 1973, transfiriendo efectivamente una proporción creciente de la plusvalía de los trabajadores a los dueños del capital. Para ilustrar aún más esta tendencia, los sueldos de los directores ejecutivos se incrementaron en un promedio del 400% durante la década de 1990, mientras que los salarios de los trabajadores aumentaban menos de un 5% y el salario mínimo federal disminuía en más del 9%. [3] El Gráfico 2 muestra cómo la proporción de ingresos a nivel nacional obtenidos por los estratos más altos de la sociedad había aumentado a un ritmo alarmante: la parte destinada al 1% superior se duplicó con creces desde 1980, pasando del 8% al 18% (y lo mismo ocurrió en Gran Bretaña, con un salto desde el 6’5% al 13% durante ese período), recuperando niveles que no se habían vuelto a ver desde la Edad Dorada. Según los datos del censo, el 5% de los hogares estadounidenses había visto aumentar sus ingresos en un 72’7% desde 1980, en tanto que los ingresos familiares medios se habían estancado, y el quintil inferior había visto reducirse sus ingresos en un 7’4%. [4]

Gráfico 1. El ataque a la mano de obra: salarios reales y productividad en los Estados Unidos entre 1960 y 2000


Source: R. Pollin, Contours of Descent (New York, Verso, 2005).

Gráfico 2. Proporción de ingresos a nivel nacional, 1979-2008

Source: Mother Jones magazine, based on US Census data

Hasta aquí el efecto derrame. Como muy bien lo ha expresado el economista de Cambridge Ha-Joon Chang, “Hacer más rica a la gente rica no nos hace al resto más ricos”. Pero lo peor es que tampoco estimula el crecimiento económico, lo cual es la única justificación para una economía de la oferta. De hecho, lo que ocurre es todo lo contrario: desde los inicios del neoliberalismo, el mundo industrializado ha visto caer los índices medios de crecimiento desde el 3’2% hasta el 2’1%.[5] Como demuestran estos datos, el neoliberalismo ha fracasado por completo como herramienta de desarrollo económico, pero ha funcionado maravillosamente bien como herramienta para devolver el poder a la élite más rica.

Entonces, si la política neoliberal ha sido tan destructiva para la mayor parte de la sociedad, ¿cómo se las han ingeniado los políticos para hacerla pasar por otra cosa? La respuesta se halla, en parte, en la destrucción de la mano de obra organizada tras la Regla Volcker, la demonización de los sindicatos —a los que se tachó de “agobiantes” y “burocráticos”—, los intentos de la izquierda por distanciarse del socialismo tras el colapso de la Unión Soviética, y el ascenso del “consumidor” como figura clave de la ciudadanía estadounidense. Podríamos señalar también la influencia creciente de los grupos de presión empresariales en el sistema político de los Estados Unidos, y los conflictos de intereses recientemente expuestos entre los economistas académicos financiados por Wall Street. Pero quizás lo más importante, a nivel ideológico, es que el neoliberalismo ha sido vendido a través de una magnífica campaña de márketing bajo la quintaesencia de los valores norteamericanos, el de la “libertad individual”. [6] Los gabinetes de  estrategia y think tanks conservadores, como la Mont Pèlerin Society, Heritage Foundation y Business Roundtable, han dedicado los últimos cuarenta años a vender la idea de que la libertad individual sólo se puede conseguir a través de la “libertad” del mercado. Para ellos, cualquier forma de intervención estatal puede llevar al totalitarismo. Y a esta postura se le acabó dando credibilidad cuando los dos iconos de la teoría neoliberal, Frederich Von Hayek y Milton Friedman, recibieron el Premio del Banco Real de Suecia durante los años 70, un galardón al que se le suele llamar Premio Nobel de Economía, aun cuando lo conceden los banqueros suecos y no la Fundación Nobel.

EL NEOLIBERALISMO EN LA ESCENA INTERNACIONAL

Aunque los países occidentales, como los Estados Unidos y Gran Bretaña, han experimentado con el neoliberalismo en sus propias economías, también lo han introducido por la fuerza, agresivamente —y a menudo violentamente— en el mundo postcolonial, e incluso con medidas más extremas.

La historia del neoliberalismo en la escena internacional comienza en 1973. En respuesta al embargo de petróleo de la OPEP de aquel año, los Estados Unidos amenazaron con emprender acciones militares contra los países árabes a menos que accedieran a distribuir sus excedentes en petrodólares a través de los bancos de inversión de Wall Street, cosa que hicieron. Los bancos entonces se pusieron a pensar en qué hacer con todo ese dinero y, dado que la economía nacional estaba estancada, decidieron invertirlo en el extranjero en forma de préstamos de alto interés para los países en desarrollo, que necesitaban fondos para aliviar el trauma del aumento de los precios del petróleo, sobre todo dados los altos índices de inflación de la época. Los bancos pensaron que aquella era una inversión segura, porque supusieron que los gobiernos no iban a faltar a los pagos.

Pero se equivocaron. Dado que los préstamos se habían hecho en dólares estadounidenses, estos estaban vinculados a las fluctuaciones de los tipos de interés en los Estados Unidos. Y cuando la Regla Volcker impactó a principios de los 80 y los tipos de interés se dispararon, los países en desarrollo más vulnerables —comenzando por México— se deslizaron hasta el borde del impago, desencadenando así lo que hoy conocemos como la “crisis de la deuda del tercer mundo”. La crisis de la deuda parecía que iba a derribar a los bancos de Wall Street, socavando así todo el sistema financiero internacional. De modo que, para evitar tal crisis, Estados Unidos intervino para asegurarse de que México y otros países pudieran devolver los préstamos. Y para ello le dieron un nuevo sentido y propósito al Fondo Monetario Internacional (FMI). Hasta entonces, el FMI había utilizado su propio dinero para ayudar a los países a hacer frente a sus problemas de balanza de pagos, pero ahora Estados Unidos iba a utilizar el FMI para asegurarse de que los países del tercer mundo devolvieran sus préstamos a los bancos privados de inversión. Según David Harvey, durante aquel mismo período —a partir de 1982— las instituciones de Bretton Woods fueron sistemáticamente “purgadas” de influencias keynesianas y se convirtieron en portavoces de la ideología neoliberal.

De este modo es como se supone que tenía que funcionar el plan: el FMI se ofrecería a refinanciar las deudas de los países en desarrollo con la condición de que aceptaran una serie de “programas de ajustes estructurales”. Los programas de ajustes estructurales promoverían la desregulación radical del mercado con la suposición de que esto mejoraría automáticamente la eficiencia económica, aumentaría el crecimiento y permitiría por tanto la devolución de la deuda. Para ello, los gobiernos se comprometían a reducir los subsidios en cosas tales como la alimentación, la sanidad y el transporte, tenían que privatizar el sector público, poner freno a las regulaciones en materia de empleo, utilización de recursos y contaminación, y tenían que reducir los aranceles comerciales con el fin de generar “oportunidades de inversión” y abrir nuevos mercados de consumidores. También tenían que mantener baja la inflación, para que el valor de la deuda del tercer mundo con el FMI no disminuyera, aunque esto redujera la capacidad de los gobiernos para estimular el crecimiento. Muchas de estas políticas estaban específicamente diseñadas para favorecer los intereses de las compañías multinacionales, a las que a menudo se les daba la libertad para comprar activos públicos, hacer ofertas en los contratos del gobierno y repatriar ganancias a voluntad.

Estos mismos principios neoliberales se alentaron en los países en desarrollo a través del Banco Mundial, que daba préstamos para proyectos de desarrollo con determinadas “condiciones” económicas que suponían la liberalización forzosa del mercado (esto fue especialmente evidente durante la década de 1980). En otras palabras, el FMI y el Banco Mundial utilizaron la deuda para manipular las economías de estados soberanos. La Organización Mundial del Comercio (OMC) —junto con diversos acuerdos bilaterales de Libre Comercio, tales como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte— también promovió el neoliberalismo mediante la concesión a los países en desarrollo de acceso a los mercados occidentales, pero sólo a cambio de reducciones arancelarias, que tienen el efecto de socavar la industria local en los países pobres. Y, por otra parte, hay que tener en cuenta que ninguna de estas instituciones es democrática. El poder de voto en el FMI y el Banco Mundial se distribuye en función de la proporción que cada nación tiene en propiedad financiera, al igual que en las corporaciones. Las decisiones importantes requieren de un 85% de los votos, y Estados Unidos, que tiene alrededor del 17% de los votos en ambas corporaciones, es quien ejerce de facto el poder de veto. En la OMC, el tamaño del mercado determina el poder de negociación, de tal modo que los países ricos se salen casi siempre con la suya. Si los países pobres optaran por desobedecer las reglas comerciales que perjudican sus economías, los países ricos podrían tomar represalias y hundirlos a base de sanciones.

El efecto último de esta fase de globalización neoliberal ha sido una “competencia a la baja” generalizada: dado que las multinacionales pueden recorrer el mundo en busca de las “mejores” condiciones de inversión, los países en desarrollo tienen que competir entre sí para ofrecer la mano de obra y los recursos más baratos, frecuentemente hasta el punto de conceder amplias moratorias fiscales e insumos libres de impuestos a los inversores extranjeros. Esto ha supuesto fantásticos beneficios para las multinacionales occidentales (y ahora también las chinas). Pero, en lugar de ayudar a los países pobres, como se supone que tendrían que haber hecho las políticas de ajustes estructurales neoliberales, lo que han hecho ha sido destruirlos. Con anterioridad a la década de 1980, los países en desarrollo disfrutaban de una tasa de crecimiento per cápita de más del 3%. Pero durante la era neoliberal, las tasas de crecimiento disminuyeron a la mitad, hundiéndose hasta el 1’7%. [7] El África Subsahariana ilustra muy bien este descenso. Durante los años 60 y 70, la renta per cápita crecía a una modesta tasa del 1’6%. Pero, cuando la terapia neoliberal le fue impuesta al continente, comenzando por Senegal en 1979, la renta per cápita comenzó a caer hasta una tasa del 0’7% al año. El producto nacional bruto (PNB) del país promedio africano se redujo en torno al 10% durante el período neoliberal de ajustes estructurales. [8] Como consecuencia de todo esto, el número de africanos que viven en la pobreza se ha duplicado con creces desde 1980. [9] El Gráfico 3 nos muestra que lo mismo ha sucedido en América Latina. Un antiguo economista del Banco Mundial, William Easterly, ha demostrado que cuantos más préstamos de ajustes estructurales recibe un país, más probable es que su economía se derrumbe. [10]

Gráfico 3. Índice de la renta per cápita en América Latina – real y tendencia 1950-2003


Source: W. Easterly, The White Man’s Burden (London, Penguin, 2006).

Pero no deberíamos sorprendernos por esto. Existe aquí un doble rasero flagrante: los políticos occidentales les han estado diciendo a los países en desarrollo que tienen que liberalizar sus economías para poder crecer, pero eso es exactamente lo que Occidente no hizo durante su propio período de consolidación económica. Como ha demostrado el economista de Cambridge Ha-Joon Chang, todos y cada uno de los países ricos que existen hoy en día desarrollaron sus economías a través de medidas proteccionistas. De hecho, hasta hace poco, los Estados Unidos y Gran Bretaña eran los dos países más proteccionistas del mundo, construyendo su poder económico mediante subsidios del estado, aranceles comerciales y patentes restringidas; todo lo que el libro de jugadas neoliberal denuncia hoy. William Easterly señala que los países no-occidentales que no aplicaron estrictamente los principios del libre mercado pudieron desarrollarse de un modo razonablemente bien, incluidos Japón, China, India, Turquía y los “Tigres” de Asia Oriental.

El punto clave en el que hay que reparar aquí es que el neoliberalismo supone un uso selectivo de los principios del libre mercado en favor de los actores económicos más poderosos. Por ejemplo, los políticos estadounidenses se abrazan encantados a la libertad de los mercados si esto permite a sus corporaciones explotar mano de obra barata en el extranjero y debilitar a los sindicatos en Estados Unidos. Pero, por otra parte, se niegan a atender las demandas de la OMC, que les exige que supriman sus inmensos subsidios agrícolas (que distorsionan la ventaja competitiva de los países del tercer mundo), porque eso iría en contra de los intereses de un poderoso grupo de presión empresarial. Los rescates bancarios de 2008 son otro buen ejemplo de este doble rasero. Un verdadero mercado libre habría dejado a los bancos que pagaran sus propios errores. Sin embargo, neoliberalismo significa a menudo intervención estatal para los ricos y libre mercado para los pobres. De hecho, muchos de los problemas generados por el neoliberalismo se podrían mitigar con una aplicación más equitativa de los principios del mercado. En el caso del comercio de productos agrícolas, por ejemplo, los países pobres se beneficiarían enormemente de una mayor liberalización del mercado. Otro buen ejemplo es el sistema de Alemania. Trabajando a partir de una teoría conocida como ordoliberalismo, Alemania utiliza la intervención del estado para evitar los monopolios y fomentar la competencia entre las pequeñas y medianas empresas.

Como resultado de la globalización neoliberal, la brecha de ingresos entre la quinta parte de la población mundial que vive en los países más ricos y la quinta parte que vive en los países más pobres se ha ampliado significativamente, pasando del 44:1 en 1980 al 74:1 en 1997. [11] El Gráfico 4 ilustra esta tendencia, que el analista Lant Pritchett ha descrito adecuadamente como “divergencia a lo grande” (Divergence, big time). En la actualidad, como consecuencia de estas políticas, las 358 personas más ricas del mundo tienen la misma riqueza que el 45% más pobre de la población mundial; es decir, que 2.300 millones de personas. Y aún más sorprendente, los 3 primeros multimillonarios tienen la misma riqueza que todos los Países Menos Desarrollados juntos; o lo que es lo mismo, 600 millones de personas. [12] Estas estadísticas indican descaradamente una transferencia de riqueza y recursos desde los países pobres hacia los países ricos, y desde las personas pobres a las personas ricas. Hoy en día, el 1% más rico de la población mundial controla el 40% de la riqueza del mundo, el 10% más rico controla el 85% de la riqueza mundial, y el 50% inferior controla tan sólo el 1% de la riqueza del planeta. [13]

Gráfico 4. Ingresos divergentes entre los países ricos y los pobres 1970-1995

Source: World Bank World Development Report 1999/2000.

Si las políticas neoliberales han llevado a empeorar (y en muchos casos al estancamiento o el declive) los índices de crecimiento económico, la rápida acumulación de riqueza por parte de los ricos y de los países ricos no sólo ha tenido lugar merced a la apropiación de la poca riqueza que se hubiera generado, sino también al hecho de habérsela robado a los más pobres. Por ejemplo, según un reciente artículo aparecido en The Economist, casi todas las ganancias de la recuperación posterior a la crisis en los Estados Unidos han ido a parar al 1% superior de los perceptores. O bien consideremos el nuevo estudio de Global Financial Integrity, que demuestra que las grandes multinacionales han robado literalmente 1’17 trillones de dólares sólo de África desde 1970 a través de transferencia de precios y otras formas de evasión fiscal.

OTRO MUNDO ES POSIBLE

El punto clave que hay que retener en toda esta historia es que el modelo neoliberal se hizo de manera intencionada y lo formularon personas muy concretas. Pero del mismo modo que lo elaboraron personas, también las personas pueden desmontarlo. No es una fuerza de la naturaleza, y no es inevitable; de hecho, otro mundo es posible.

Pero, ¿cómo podemos hacerlo? En los Estados Unidos, un primer paso, un paso crucial, sería modificar la Constitución con el fin de excluir la figura de la personalidad corporativa. Tras la reciente sentencia de Citizens United contra FEC, que permite a las empresas gastar cantidades ilimitadas de dinero en publicidad para los partidos políticos como un ejercicio de “libertad de expresión”, se han llevado a cabo una serie de campañas para lograr este objetivo. El segundo paso sería fortalecer a los trabajadores para que actúen como contrapeso contra el exceso de poder del capital. Esto se podría lograr vinculando el salario mínimo federal con la inflación, aprobando la Ley de Libre Elección del Empleado, con una disposición de “tarjeta-cheque” que permitiría a los trabajadores formar sindicatos sin temor a las posibles represalias del patrono, y modificando la Ley Taft-Hartley para permitir la afiliación sindical obligatoria y las cuotas sindicales. El tercer paso consistiría en volver a regular el sector financiero mediante la reimplantación de la Ley Glass-Steagall, que hasta su derogación en 1999 moderó la especulación financiera y diferenció la banca comercial de la banca de inversión.

La resistencia popular contra el neoliberalismo ha aumentado desde la crisis financiera de 2008; pues esta crisis no sólo descubrió los defectos de una desregulación extrema, sino que además los políticos conservadores aprovecharon la recesión para justificar unas medidas de austeridad sin precedentes a cuenta de la “reducción del déficit”, realizando grandes recortes en sanidad, educación, viviendas de protección oficial, vales de comida y demás programas sociales (mientras se canalizaban miles de millones de dólares de los contribuyentes hacia los bancos privados). En otras palabras, los políticos esperan resolver la crisis del capitalismo neoliberal prescribiendo aún más neoliberalismo. Y esto no sólo es cierto en los Estados Unidos, sino también en Europa. No resulta sorprendente pues que este descarado asalto al poder haya estimulado la aparición de nuevos movimientos sociales como Occupy Wall Street, los “indignados” en España y Grecia, y, en Gran Bretaña, la mayor ola de protestas estudiantiles y huelgas laborales en más de cincuenta años.

En la escena internacional, la solución más habitual a la crisis de la pobreza ha sido la de la “ayuda al desarrollo”, que después de alrededor de cuarenta años no ha conseguido un impacto significativo. Pero esto no resulta sorprendente dada la contradicción que existe en el núcleo del modelo de desarrollo, que reparte la ayuda al mismo tiempo que exige ajustes económicos estructurales. Como ha señalado el economista Robert Pollin, aun en el caso de que Occidente cumpliera con las recomendaciones del Proyecto de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas e incrementara la ayuda a los países en desarrollo hasta los 105.000 millones de dólares al año (cosa de todo punto improbable), esta cantidad aún se quedaría corta si la comparamos con todo lo que han perdido los países en desarrollo como consecuencia del ajuste estructural desde la década de 1980, que equivale a cerca de 480.000 millones de dólares al año en el PIB potencial. Tal es la hegemonía de la ideología neoliberal en la economía actual.

Entre las soluciones que responden a los problemas reales que están en juego actualmente se encuentran las siguientes. En primer lugar, la democratización del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio, para garantizar que los países en desarrollo disponen de la capacidad para defender sus intereses económicos. Joseph Stiglitz, que fue despedido de su cargo como economista jefe del Banco Mundial por las críticas que vertió sobre estas instituciones, ha dedicado su carrera a elaborar propuestas para este fin. En segundo lugar, perdonar la totalidad de la deuda del tercer mundo —el grito de guerra del movimiento antiglobalización— a fin de reducir la influencia que los países ricos tienen sobre las economías de los países pobres. En tercer lugar, liberarse de las condiciones de ajustes estructurales relacionadas con los préstamos de ayuda al desarrollo exterior, reconociendo que cada país tiene sus propias necesidades. Cuarto, instaurar un salario mínimo internacional vinculado al coste de la vida local como forma de ponerle suelo a la “competencia a la baja”. En quinto lugar, permitir que los países pobres recuperen los niveles de crecimiento de los que disfrutaban con anterioridad al período neoliberal, utilizando para ello medidas estratégicas como los aranceles de importación, los subsidios, los déficits fiscales marginales, bajas tasas de interés, las restricciones a la transferencia de precios y la inversión estatal en las industrias incipientes.

Por último, y quizás más importante, tenemos que reclamar la idea de libertad. Tenemos que rechazar la versión neoliberal de la libertad como desregulación del mercado, que no es otra cosa que una licencia de acumulación y explotación en manos de los ricos, una licencia para los pocos que ganan a expensas de los muchos. Tenemos que afirmar que la regulación reflexiva puede fomentar de hecho la libertad, si por libertad entendemos liberarse de la pobreza y la carencia, la libertad de disponer de la dignidad humana básica que ofrece una buena educación, una vivienda y la asistencia sanitaria, y la libertad de ganar un salario digno tras un duro día de trabajo. En lugar de aceptar que libertad significa desquiciar la economía de las limitaciones de la sociedad democrática, tenemos que afirmar que la verdadera libertad implica aprovechar la economía para ayudarnos a alcanzar los bienes sociales específicos a los que se puede llegar democráticamente y que se ratifican colectivamente.

_________

[1] Harvey, David. 2005. A Brief History of Neoliberalism. London: Oxford University Press.

[2] Stiglitz, Joseph. 2010. Freefall. New York: W.W. Norton & Co.

[3] Executive Excess 2006, the 13th annual CEO compensation survey from the Institute for Policy Studies and United for a Fair Economy.

[4] U.S. Census Bureau, Historical Income Tables: Families.

[5] Chang, Ha-Joon. 2007. Bad Samaritans: The Guilty Secrets of Rich Nations and the Threat to Global Prosperity. London: Random House. Pg. 26.

[6] Hickel, Jason and Arsalan Khan.  2012. “The Culture of Capitalism and the Crisis of Critique,” Anthropological Quarterly 85(1).

[7] Chang. 2007. Pg. 27.

[8] Chang. 2007. Pg. 28.

[9] World Bank. 2007. World Development Indicators.

[10] Easterly, William. 2007. The White Man’s Burden. Penguin Books.

[11] United National Development Programme. 1999. Human Development Report 1999: Globalization with a Human Face. New York. P. 38.

[12] Milanovic, Branko. 2002. “True World Income Distribution, 1988 and 1993.”  Economic Journal, 112(476).

[13] United Nations University. 2009. 2008 Annual Report.

Siguiente tema:

Deje un comentario

Más en esta categoría

De Copenhague a Nueva York
De Copenhague a Nueva York

El Dr. Federico Mayor Zaragoza fue director general de la UNESCO entre 1987 y 1999. Científico, académico, político, [Leer más]

Y la indignación crece…
Y la indignación crece…

En el post de ayer estaba dando por hecho que un pequeño número de radicales habían complicado las cosas con su [Leer más]

Libia: Sentimientos encontrados
Libia: Sentimientos encontrados

¿Cómo podemos sentirnos las personas que trabajamos por la paz ante la situación que se ha vivido en los últimos [Leer más]

Cuando los necios tienen las armas
Cuando los necios tienen las armas

Fue hermoso mientras duró. Ha sido muy hermoso, y emocionante, ver cómo los pueblos de los países árabes se [Leer más]

Archivos