Activismo y cambio de conciencia social
Thursday August 17th 2017

Una nueva visión del mundo

En el preámbulo del acta de constitución de la UNESCO dice:

“Que, puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”.

Esto es algo que tenemos muy claro todos los que trabajamos en el ámbito de las ciencias sociales y humanas; y, sobre todo, algo en lo que incidimos una y otra vez aquellos que nos dedicamos al estudio de las dimensiones internas de la paz y la sostenibilidad. Pero no sólo consideramos que la guerra tiene su origen en la mente de los seres humanos. También estamos convencidos de que los grandes problemas que nos asolan como especie y que asolan al planeta en el que vivimos —entre los que destaca por su urgencia el cambio climático— tienen su origen asímismo en nuestro propio interior; concretamente, en nuestra visión del mundo.

Como bien vienen señalando desde hace tiempo los principales autores en estudios culturales, la visión del mundo de toda sociedad y toda civilización queda profundamente marcada y determinada por los mitos en los que se sustenta. En el caso de la cultura occidental, que es la que ha impuesto una visión dominante en el planeta, nuestros mitos fundacionales nos dicen que, tras crear al hombre y a la mujer, Dios les dijo: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra” (Génesis, 1:28).

¿Qué visión del mundo se desprende de un mito de la creación que afirma esto? ¿Qué imagen o qué patrón de relación entre el ser humano y el mundo que le rodea se ha infundido, a través de cientos de generaciones, con este relato sobre cómo se establecieron las cosas en un principio?

Podríamos comparar este relato con uno de los mitos de la creación de las culturas aborígenes australianas, el conocido como El secreto del sueño, que finaliza su relato diciendo: “Este es el motivo por el cual la Tierra es sagrada y el Hombre debe ser su Cuidador” (Poulter, 1988).

Evidentemente, de uno y otro mito de la creación emergen dos visiones del mundo y dos culturas muy diferentes, con dos formas muy distintas de entender la relación del ser humano con el universo que les rodea. En una visión del mundo, el ser humano es el dueño y señor de todo cuanto existe, puede hacer y deshacer a su voluntad, y disponer de todas las formas de vida a su antojo. En la otra visión del mundo, el ser humano se concibe como un buen administrador que debe cuidar de todo lo vivo y no vivo que tiene a su alrededor, en tanto en cuanto la Tierra es sagrada.

Sin embargo, no podemos cargar toda la culpa de la visión del mundo de nuestra cultura occidental a nuestros mitos fundacionales. Aunque los mitos determinan en gran medida nuestra manera de contemplar la realidad, e incluso de pensar, hay otros factores culturales que intervienen en ello. En nuestro caso, desde el siglo XVII, nuestra visión del mundo ha estado fuertemente determinada por la filosofía de Descartes y la física de Newton. De ellos no sólo surgió la ciencia moderna, sino también, y por encima de todo, surgió un concepto del universo que, desde la base mítica occidental, determinó la imagen del mundo que sustentamos todos, colectivamente, en la actualidad: la visión mecanicista del universo.

El paradigma cartesiano-newtoniano nos llevó a creer que el mundo que nos rodea es algo parecido a un inmenso reloj, en el que cada engranaje cumple un simple cometido y puede ser estudiado aisladamente para discernir el funcionamiento del mecanismo completo. Esto dio lugar a una aproximación reduccionista de la realidad, donde lo importante dejaba de ser el conjunto total para pasar a ser sus distintas partes o elementos, perdiéndose de vista así la decisiva importancia del funcionamiento global del supuesto “mecanismo”. Se aisló a los objetos entre sí (atomismo), a los objetos de su entorno (perspectiva antiecológica) y a lo objetos de su observador (perspectiva objetivista). De este modo, terminamos fragmentando una realidad que en esencia era única, dándole preponderancia al análisis y la división de la realidad —en lugar de a los contextos y los procesos, a las relaciones y la integración— y otorgándole una desmedida importancia al raciocinio a costa de la emoción y la intuición.

Ahora, no sólo dábamos por sentado que podíamos conducirnos a nuestro antojo con el mundo natural que nos rodeaba. Ahora, además, podíamos dividirlo, diseccionarlo, analizarlo en sus elementos aislados, sin tener en cuenta la decisiva importancia de las relaciones y los procesos existentes entre esos elementos. Y lo peor de todo es que eso nos permitía un notable control sobre el mundo, generándonos la idea ilusoria de que finalmente habíamos dado con la tecla que nos iba a permitir imponernos de una vez por todas a la naturaleza.

Es esa visión del mundo, surgida de nuestro ancestral mito de la creación, pero también de nuestra filosofía y nuestra ciencia, la que ha generado el modo de pensamiento, las actitudes, los valores, los comportamientos y los estilos de vida que nos han traído a esta profunda crisis social y medioambiental. Ha sido ese sentirnos dueños de todo, y ese no contemplar la globalidad del mundo, sino solo sus partes, la que nos ha llevado a la situación en que “los árboles no nos dejan ver el bosque”.

Efectivamente, el origen del problema se halla en la mente de los seres humanos, pero la solución también se halla en nuestra propia mente. La solución se halla en que adoptemos, urgentemente ya, una nueva visión del mundo; una visión del mundo que dé lugar a una forma de pensamiento distinto, y a unas actitudes, valores, comportamientos y estilos de vida acordes con esa percepción más ajustada de la realidad.

Durante el siglo XX, y a partir una vez más de los descubrimientos de la física —concretamente de la física de partículas—, comenzó a desarrollarse un nuevo paradigma que, sin negar ni excluir al paradigma cartesiano-newtoniano, está ofreciendo no sólo una nueva manera de comprender la ciencia, sino también una nueva manera de ver y comprender la realidad. Y, lo que es mejor, nos está ofreciendo una nueva manera de pensar y de entender nuestras relaciones con el mundo que nos rodea.

Comenzando con las formulaciones del biólogo austriaco Ludwig von Bertalanffy en la década de 1950 y su Teoría General de Sistemas, esta nueva visión de la realidad se fue desarrollando hasta alcanzar el ámbito de las ciencias sociales, a través del sociólogo alemán Niklas Luhmann, y el de la filosofía de la ciencia y la epistemología con el húngaro Ervin Laszlo y el francés Edgar Morin, con su Teoría de la Complejidad.

Desde el paradigma sistémico complejo, el principio de fragmentación de la realidad cartesiano-newtoniano se convierte en un principio de interrelación e interdependencia, que distingue pero no separa, y que tiene en cuenta el contexto y los procesos que se desarrollan dentro del sistema. De este modo, la realidad comienza a contemplarse como un todo en el que los distintos elementos se encuentran integrados y en interrelación; y en el que, a diferencia del paradigma mecanicista, el “reloj”, en su conjunto, es mucho más que la suma de sus componentes.

Así, por ejemplo, desde el pensamiento sistémico complejo, el sistema complejo Tierra no podría explicarse como una suma de componentes biológicos, minerales, atmosféricos, etc., por cuanto todos juntos estarían dando lugar a una entidad mayor y más compleja que la suma de sus partes. Y lo mismo podríamos decir del ser humano, donde la suma de sus distintos subsistemas biológicos da lugar a propiedades emergentes —como, por ejemplo, la consciencia— que no se podrían concebir desde la mera suma de sus partes.

El pensamiento sistémico complejo no separa la realidad de sus contextos, y de ahí que no pueda entenderse desde ahí al ser humano como algo separado del planeta Tierra y de la comunidad de vida que lo puebla. En definitiva, la visión del mundo sistémica compleja permite “ver el bosque a través de los árboles”. Y de esa nueva visión del mundo emergen de forma natural un nuevo pensamiento, nuevas actitudes, nuevos valores, comportamientos y estilos de vida más ajustados a la realidad y, por tanto, más adecuados para la supervivencia: la supervivencia común de toda la comunidad de vida y del planeta en sí que la sustenta.

Si queremos ir a las causas profundas  del cambio climático, si hemos de superar la grave crisis social y medioambiental en la que vivimos —en resumen, si queremos sobrevivir—, convendrá que desarrollemos urgentemente esta nueva visión del mundo y este nuevo pensamiento. Se trata de una revolución de la mente humana de la envergadura de la revolución que trajeron consigo Descartes y Newton hace algo más de tres siglos. Puede que, incluso, se trate de una revolución mucho más que histórica, por cuanto terminaría negando algunos de nuestros mitos fundacionales. Pero se trata de una revolución necesaria en nuestra manera de ver la realidad, en nuestra manera de pensar y de relacionarnos con el universo que nos rodea y, en definitiva, en nuestra manera de vivir y de estar en el mundo.

Quizás entonces nos encontremos en disposición de alcanzar ese mundo soñado en el que imperen la paz y la justicia social, ese mundo en el que el ser humano sea finalmente el Cuidador de sus hermanos en la comunidad de vida y un digno hijo de su madre, la Tierra.

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