Activismo y cambio de conciencia social
Thursday August 17th 2017

Libia: Sentimientos encontrados

En estos gestos es donde comienzan los problemas. La falta de coherencia y de honestidad, la falta de principios éticos sólidos entre nuestros gobernantes tiene consecuencias más graves de lo que pudiera parecer

¿Cómo podemos sentirnos las personas que trabajamos por la paz ante la situación que se ha vivido en los últimos días en Libia?

Nuestra opción es siempre la no-violencia. Pero, tras conocer que Gadafi pretendía bombardear duramente Bengasi, afirmando que «llegaremos esta noche y no tendremos compasión», ¿estaríamos dispuestos a apoyar la aplicación de la zona de exclusión aérea sobre Libia y el consiguiente bombardeo al que serían sometidas las tropas de Gadafi por parte de las fuerzas aéreas occidentales?

Y, si nos oponíamos en conciencia a todo tipo de violencia, ¿cómo podríamos demandar la no intervención militar occidental en Libia? ¿Acaso un pacifista puede decir “No a la guerra” cuando sabe que la masacre de una ciudad puede ser inminente y ya no hay forma alguna de resolver la situación de forma no-violenta?

Grave dilema para cualquier pacifista.

¿Qué postura adoptar? ¿Qué decir? ¿Qué sugerir? ¿Qué opinar? ¿En qué dirección empujar?

Confusión. Mucha confusión. Seamos honestos.

Naciones Unidas adopta la resolución 1973, por la cual se impone la exclusión aérea sobre Libia. Y el corazoncito del pacifista respira aliviado, mientras la cabeza sigue sumida en las dudas.

Los aviones de combate franceses sobrevuelan Libia y, poco después, llegan noticias de que han destruido cuatro tanques de Gadafi. Y el corazoncito del pacifista, aliviado porque la población civil de Bengasi se va a librar de la carnicería, llora ahora por esos jóvenes muchachos carbonizados dentro de un ataúd de acero. Quizás hasta simpatizaban con los rebeldes —piensa angustiado—, pero, ¿quién en un ejército se pone en pie y dice “No cuenten conmigo. Yo no voy a ir a matar al enemigo”?

Al final, todos somos víctimas de los que tienen el poder de decidir por nosotros… a menos que tengamos la valentía necesaria para oponernos a esa situación.

Hablemos claro. Un pacifista de pro —al menos, un pacifista que conozca las tesis de la no-violencia de Gandhi—, no se va a oponer por sistema a todo tipo de violencia.

Sorprendente, ¿verdad?

El problema es que se habla mucho de no-violencia, pero no sabemos exactamente de qué estamos hablando. Gandhi decía:

“Vengo repitiendo una y otra vez que el que no puede protegerse a sí mismo ni a sus seres más cercanos y queridos, ni su honor enfrentándose a la muerte de forma no-violenta puede y debe hacerlo enfrentándose violentamente con el opresor. El que no pueda hacer ninguna de las dos cosas es una carga. No tiene capacidad para ser cabeza de una familia. Tiene que esconderse, o bien contentarse con vivir siempre en la impotencia, y estar preparado para arrastrarse como un gusano ante los mandatos de cualquier matón.”

“Aunque la violencia no es legítima, cuando se lleva a cabo en defensa propia o en defensa de los indefensos, es un acto de valentía mucho mejor que la sumisión cobarde. Esta última no es indicada ni para el hombre ni para la mujer. Bajo violencia, existen muchas fases y variedades de valentía. Cada hombre debe juzgar esto por sí mismo. Ninguna otra persona puede ni tiene derecho a hacerlo.”[1]

Y Gandhi también decía esto:

“Creo que, cuando sólo existe una elección entre cobardía y violencia, yo aconsejaría la violencia… Preferiría que la India recurriera a las armas a fin de defender su honor que, de una forma cobarde, se convirtiera o permaneciera como testigo impotente de su propio deshonor.

“Pero creo que la no-violencia es infinitamente superior a la violencia, y que el perdón es más varonil que el castigo.”[2]

No en vano, Gandhi se inspiró en el Bhágavad Gitá —una escritura sagrada hindú en la que el héroe Áryuna conversa con Krishná en los momentos previos al inicio de una guerra— y adoptó el camino del valor y del coraje (la senda del guerrero) en su formulación de la no-violencia.

Y ahora, dicho esto, vayamos al meollo del asunto.

Vale que, desde el pensamiento de Gandhi, podamos aceptar la violencia cuando ya no existe otro camino en la “defensa de los indefensos”. El ataque de Gadafi sobre Bengasi era inminente, y Gadafi ha dado suficientes muestras de no dejarse detener por la fuerza de las palabras, ni por razones ni sentimientos. (Como decían en aquel anuncio publicitario, “De acuerdo, aceptamos ‘Pulpo’ como animal de compañía”.)

Vale que la decisión de aplicar la zona de exclusión aérea parte de una resolución de las Naciones Unidas, lo cual le da legitimidad política y una aureola cuasi de bendición moral.

Vale que en el Consejo de Seguridad de la ONU ni siquiera Rusia ni China hayan hecho uso de su derecho a veto, cosa que parece transmitir la idea de que cualquier idea opuesta a una intervención militar plantea, cuando menos, dudas.

PERO NO VALE QUE TODO ESTO SE HAYA HECHO DESPUÉS DE HABER DEJADO PASAR MISERABLEMENTE TODAS LAS OCASIONES QUE HA HABIDO PARA DARLE A ESTE CONFLICTO UNA SOLUCIÓN NO-VIOLENTA.

Desde el 15 de febrero en que tuvieron lugar las primeras manifestaciones en Libia contra el régimen de Gadafi ha pasado más de un mes en el que, los supuestos defensores de la democracia y los derechos humanos —léase los países occidentales— no han movido un solo dedo por ayudar a resolver el conflicto.

Después de los abrazos y los agasajos con que los líderes occidentales han obsequiado al dictador libio en los últimos años, ¿cómo es que nadie ha intentado mediar a tiempo y hacer entrar en razón a Gadafi a tiempo, antes de que las matanzas de manifestantes se convirtieran en una guerra civil?

¿Y cómo es que, si la mediación era imposible, no han sabido aplicar en todo un mes medidas de presión suficientes como para hacer dudar al dictador en el rumbo que estaba tomando, en forma de bloqueos de cuentas o de cualquiera de las otras mil maneras que bien han sabido utilizar con Julian Assange y WikiLeaks, por nombrar un caso cercano?

No, era más fácil venderle armas —las mismas con las que ahora está masacrando a su pueblo—, hacer un buen negocio con el petróleo y el gas, tenerle de freno a la inmigración clandestina y tenerle de aliado infiltrado en el mundo árabe en la lucha contra el terrorismo islamista. A cambio de todo esto, los líderes occidentales, líderes de la democracia y de los derechos humanos en el mundo —al menos eso dicen—, hacían la vista gorda a tanto desmán y tanta injusticia con su propio pueblo y alojaban en sus bancos su inmensa fortuna, fruto de una inmensa corrupción.

Es decir, una vez más, los países occidentales, llenándose la boca de palabras grandilocuentes de democracia, igualdad, derechos humanos, justicia y todo lo demás, estaban ejercitando el fariseísmo más abyecto y repugnante, consintiendo por burdos intereses propios que Gadafi maltratase a la misma población civil que, ahora, afirman querer salvar de las garras de tan “malvado” dictador.

Como dice el Dr. Federico Mayor Zaragoza, “Acabemos de una vez con la vergüenza que producen unos gobernantes ‘saltimbanquis’ que, sin brújula ni rumbo, un día abrazan y al siguiente repudian. Y es que, aunque no quieran reconocerlo, se trata de una crisis sistémica y lo que deben hacer, sin más aplazamientos, es darle la vuelta a la gobernación mundial, con valentía y lucidez, pasando del G20 al G-196, a todas las naciones… porque todas sufren las consecuencias de la plutocracia actual”.[3]

Efectivamente, se trata de una crisis del sistema en su totalidad. Pero aún podríamos decir más: se trata de una crisis de principios éticos y una crisis de conciencia en última instancia.

En conclusión, ESTE CONFLICTO SE PODRÍA HABER RESUELTO DE FORMA NO-VIOLENTA; pero, a la postre, NO HA HABIDO NI MOTIVACIÓN, NI DESEO, NI VOLUNTAD PARA HACERLO, al menos por parte de los líderes que ahora van de “salvadores”.

Y, ahora, ¿qué hacemos? ¿Qué postura podemos adoptar los pacifistas ante esta situación que no presagia nada bueno, porque las guerras se sabe cómo empiezan, pero no cómo ni dónde terminan?

Pienso, y siento, que ha llegado el momento de dar marcha atrás. No voy a entrar a valorar si debería o no debería de haberse iniciado la intervención militar (la aplicación de la exclusión aérea) sobre Libia. Como ya he expuesto, mi corazón pugna entre sentimientos contrapuestos, y mi cabeza no sabe qué carta quedarse de esta pésima mano de naipes que se nos ha impuesto. Pero esa mano es la que es, y ya es pasado; reciente, pero pasado.

El presente nos llama, y nos pide que digamos, que opinemos, que sugiramos; y digo, opino y sugiero que con lo hecho YA BASTA, que cesen los bombardeos, por muy quirúrgicos y asépticos que nos los pinten, y que comience a trabajar ya, a toda máquina, la diplomacia. QUE CALLEN YA LAS ARMAS Y REINE LA PALABRA.

No sabemos si habrá habido ya o no víctimas civiles en los ataques de la denominada Alianza; pero, si no las ha habido, más pronto que tarde las habrá, y entonces el sinsentido de esta “operación liberadora y salvadora” de civiles de Bengasi se convertirá en una vergüenza y un horror por la masacre de civiles en Trípoli. Y esta vez no será por la necedad, la arrogancia y la estupidez de un dictador, sino por la necedad, la arrogancia y la estupidez de los pretendidos líderes de la democracia y los derechos humanos en el mundo.



[1] En The Complete Site on Mahatma Gandhi (el subrayado es nuestro) http://www.mkgandhi.org/momgandhi/chap28.htm

[2] En The Complete Site on Mahatma Gandhi http://www.mkgandhi.org/nonviolence/phil8.htm

[3] Federico Mayor Zaragoza, en su blog “La fuerza de la palabra”, en http://federicomayor.blogspot.com/2011/03/hacer-la-paz-y-no-la-guerra.html

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