Activismo y cambio de conciencia social
Friday October 20th 2017

Un terremoto, un tsunami y un castillo de naipes

Un hombre observa desolado los restos de su casa en la ciudad de Minamisanriku, en la prefectura de Miyagi. (Foto de AP)

Del potente terremoto y del posterior tsunami que se desataron en Japón el pasado viernes me sobrecoge, en primer lugar, cómo no, el tema de las víctimas del desastre: el horror de los pasajeros del barco o de los trenes que se llevó la ola por delante; el de tantos miles de personas que, al parecer, se llevó la ola en su reflujo hacia el mar; la desolación de cientos de miles de personas por los seres queridos desaparecidos o muertos, por sus hogares destruidos. Un dolor que el pueblo japonés encajará, una vez más, como muy pocos pueblos en el mundo pueden hacer: con la serenidad y la ecuanimidad que les da su temprano entrenamiento en “Hara”, palabra con la que se exhorta a todo japonés, desde muy niño, para que controle sus emociones, centrando su atención en ese punto energético del mismo nombre que sus sabios situaron dos dedos por debajo del ombligo.

Pero a la congoja que puede generar el conocimiento de todo ese dolor del pasado reciente —demasiado reciente—, se le une también el sobrecogimiento que me evoca el desastre en el presente y hacia el futuro.

En el presente por la situación de las tres centrales nucleares japonesas en las que se ha decretado la emergencia nuclear: la ya conocida de Fukushima, y las de Onagawa y Tokai-2, ésta última a escasos cien kilómetros de Tokyo.

Y hacia el futuro por lo que lo sucedido, y lo que aún está sucediendo, nos puede llevar a elucubrar.

Si en un país como Japón, gran potencia económica y tecnológica del mundo, con una sociedad superorganizada, donde todo está controlado y supervisado, contemplado y previsto, ha ocurrido un desastre de este calibre —que puede convertirse en un desastre mucho peor, si alguna de esas centrales nucleares termina por no aguantar tanta presión radiactiva en su interior—, ¿qué ocurriría si hubiera un desastre similar, incluso con un terremoto de menor magnitud, en algún país también con centrales nucleares, pero con protocolos de seguridad y medidas de contingencia mucho menores y menos previsibles que los de Japón?

En la India hay 19 centrales nucleares, en Corea del Sur 20, en Pakistán 2, en Armenia 1… y qué decir de las 15 centrales de Ucrania, país donde tuvo lugar el más grave accidente de este tipo, en Chernobyl; o qué decir de las instalaciones nucleares de Corea del Norte o de Irán.

Si un desastre natural de grandes dimensiones afectara a alguno de estos países, ¿estarían en condiciones de resolver un problema nuclear como el que en Japón todavía está por ver si van a poder resolver?

Si en Japón, con toda su tecnología y sus recursos, están luchando contra reloj por evitar una explosión descontrolada en la central nuclear de Fukushima, ¿qué pasaría en cualquiera de estos países, o en cualquiera del resto de países del club de la energía nuclear?

Ciertamente, me sobrecojo con sólo pensarlo.

Hasta un personaje tan poco sospechoso de “ecologista” como el senador norteamericano Joe Lieberman (recordemos que hace poco pedía que se silenciara a Wikileaks y que se investigara al New York Times por las filtraciones) está diciendo que es el momento de poner freno a la construcción de nuevas centrales nucleares, y pide que se incremente la seguridad de los edificios y que se readapten a prueba de catástrofes.

Lo que se hace evidente con el desastre de Japón es la enorme fragilidad de nuestra pretenciosa civilización.

Ha bastado un terremoto —inmenso sí, de grado 9, pero también son inmensas las medidas de construcción y de previsión de terremotos en Japón— para poner en jaque a la tercera economía mundial. Porque de lo que se trata aquí no es sólo (que ya es mucho, muchísimo) de más de 10.000 muertos, de 600.000 evacuados y de miles de millones de dólares en pérdidas. El problema estriba en la fragilidad del castillo de naipes que puede derrumbarse con este mazazo, este correctivo, de la naturaleza.

Si la economía japonesa se desploma, ¿qué más se desplomará con ella? Por lo pronto, en Wall Street están temblando con las pérdidas de las compañías de seguros que cotizan en su bolsa y que van a tener que hacer frente a las pérdidas de la catástrofe, y que pueden provocar una reacción en cadena bursátil.

En un planeta globalizado económicamente —que no humanamente, y ahí radica el problema—, ¿cómo puede afectar la caída de su tercer gigante y el desequilibrio en las bolsas de medio mundo?

Y, mientras tanto, nuestra civilización sigue jugando con fuego con las leyes de la naturaleza, con nuestro planeta.

Es posible que este terremoto, y su posterior tsunami, no hayan tenido nada que ver con el cambio climático y con los desmanes que estamos perpetrando aquí y allá (aunque habría que ver hasta qué punto, en un todo interconectado y sistémico, como se hace evidente que funciona nuestro planeta, los desajustes provocados en una parte del mundo o en un ámbito concreto del sistema no tienen una repercusión directa o indirecta sobre todo lo demás).

Sí, es posible —sólo posible— que el cambio climático, y todo lo demás, no tenga nada que ver con esta catástrofe. Pero, con todo el daño que le estamos infligiendo a los sistemas de funcionamiento de nuestro planeta, estamos haciendo oposiciones a que las catástrofes se multipliquen de forma exponencial, si no por terremotos, sí con cualquier otro tipo de desastres naturales relacionados con el cambio climático.

Y nuestro pequeño y pretencioso castillo de naipes quizás pueda soportar el correctivo que Gaia, el planeta Tierra, nos ha propinado en Japón. Pero, ¿podrá soportar una sucesión de correctivos en distintas partes del mundo? Y, más preocupante aún: si se ve implicada una instalación o una central nuclear en alguna otra parte del planeta menos “preparada” que Japón, ¿hasta dónde llegará la contaminación radiactiva en la atmósfera, qué efectos tendrá a nivel planetario y cómo incidirá en el castillo de naipes económico global?

Nuestra soberbia tecnológica nos ha hecho creer que nuestra civilización sólo puede desmoronarse por un error nuestro (una guerra nuclear) o por la colisión de un meteorito; algo que, por otra parte, sería bastante improbable. Pero no somos conscientes de la enorme fragilidad de un sistema social que no se basa en los seres humanos y en los recursos, sino en el dinero; un dinero que, en el colmo de nuestra necedad, ni siquiera tiene una existencia real: sólo existe en los números que almacenan los ordenadores; es decir, no son más que ceros y unos en un chip.

Y la realidad es que nuestra civilización, nuestro castillo de naipes, no sólo puede desmoronarse por nuestra propia mano.

Como ha demostrado lo sucedido en Japón, el planeta Tierra, Gaia, tiene poder suficiente como para echar nuestro castillito al suelo de un solo manotazo.

No vayamos tentando a la verdadera superpotencia de este planeta. No sigamos tentando a Gaia.

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