Activismo y cambio de conciencia social
Friday October 20th 2017

Cuando los necios tienen las armas

Berlusconi y Gaddafi, el apoyo de Occidente a los dictadores árabes, las paupérrimas condiciones éticas de los gobernantes del mundo

Fue hermoso mientras duró.

Ha sido muy hermoso, y emocionante, ver cómo los pueblos de los países árabes se levantaban de forma pacífica contra sus dictadores, y ver cómo, sin necesidad de recurrir a las armas, hacían desistir a gobernantes corruptos como Ben Alí o Mubarak.

Ha sido muy hermoso ver a musulmanes y cristianos en Egipto hermanados en la no-violencia, luchando juntos por esa justicia que tanto anhelaban y tanto tiempo se les resistía.

Ha sido muy hermoso ver cómo los pueblos, la sociedad civil, sin líderes de masas, decían con voz alta y clara, “Hasta aquí hemos llegado. No estamos dispuestos a seguir aguantando en silencio”.

Fue hermoso mientras duró. Fue hermoso hasta que los necios entraron en la escena.

Con esto no pretendo justificar a Ben Ali y Mubarak. Sus deficiencias éticas y de valores humanos, y su falta de escrúpulos, hacen injustificables sus actos. Pero, al menos, ellos tuvieron la suficiente sensatez como para saber cuándo había terminado la partida. Supieron que habían perdido, y optaron por retirarse del tablero sin cometer el peor error de todos, el de la matanza de su propio pueblo.

Pero Gaddafi es un necio, y de un necio no se puede esperar que actúe sensatamente, ni siquiera cuando se sabe perdido y sin justificación posible para la masacre de la población civil.

Un necio es un ignorante que ignora su propia ignorancia; un imprudente, falto de razón, terco y porfiado en lo que hace o dice… ignorante, imprudente, presuntuoso. Eso dice de los necios el diccionario de la Real Academia, descripción que se le aplica muy bien a Gaddafi.

Y cuando un necio tiene las armas puede desatarse el infierno.

Es una lástima que el pueblo libio no se haya mantenido en sus trece de luchar contra su dictador a través de la fuerza de la no-violencia, aunque muchos ha habido, según las pocas noticias que llegan, que se han seguido enfrentando a las armas a pecho descubierto.

De todas formas, no voy a ser yo quien les señale con el dedo por buscar las armas finalmente. Cuando ves que matan despiadadamente a las personas que te rodean, a tus familiares, a tus amigos, a mujeres, a adolescentes y niños, es difícil mantener la sangre fría y aferrarte a la no-violencia, y más cuando nunca te instruyeron en las bondades, y en la paciencia necesaria, de la lucha no-violenta.

Gandhi decía que la no-violencia no era un camino para cobardes, y afirmó que, antes que el camino de la cobardía, sería siempre preferible el camino de las armas para defenderse de las injusticias y para defender a los seres queridos. Pero Gandhi también hizo ver que siempre existe una posibilidad para la respuesta no-violenta, y que ésta se infinitamente superior a la violencia; y la historia nos ofrece ejemplos destacados de grandes logros obtenidos por este medio frente a oponentes formidables y violentos.

Pero, aparte de estas disquisiciones sobre la necedad de algunos gobernantes y sobre la eficacia de la no-violencia, existe aquí un asunto que debería llevarnos a una profunda reflexión, y es por qué los países occidentales —nuestros gobiernos— seguimos haciendo tanto daño con nuestros intereses económicos a otros pueblos del mundo. ¿Por qué nuestros gobiernos, sean del color que sean, siguen favoreciendo por meros intereses mercantiles a tantos dictadores, farsantes, corruptos y necios que tienen sojuzgados a sus pueblos?

En Occidente se nos llena la boca hablando de democracia, de justicia, de igualdad, de derechos humanos, de paz… Y, sin embargo, por bajo mano, sostenemos a dictadores despiadados, miramos para otro lado ante las injusticias que cometen, fomentamos la pobreza de sus pueblos, cerramos nuestras fronteras para que los del Sur no puedan alcanzar la igualdad en derechos y oportunidades que tenemos en el Norte, reclamamos con la boca pequeña que respeten los derechos humanos y seguimos vendiéndoles armas a todos esos canallas que luego las emplean contra sus pueblos.

Nuestra hipocresía y doble moral son verdaderamente indignantes.

Sí, podremos justificarnos diciendo que nuestros gobernantes y los directivos de nuestras grandes empresas no tienen vergüenza ni escrúpulos, pero luego les retiraremos el voto a nuestros gobernantes si nos obligan a apretarnos el cinturón por no comprar gas a Libia, les criticaremos por los problemas en nuestra balanza comercial por no vender armas masivamente a países tercermundistas, o compraremos diamantes ensangrentados o teléfonos móviles con no sé qué metal que se obtiene en África a costa de tener sojuzgados pueblos enteros.

“¡Y que nadie se atreva a quitarnos nuestra ‘libertad’ de seguir haciendo todo eso!”, exclamaremos indignados; y seguiremos sin querer reconocer y comprender que nosotros también formamos parte —indirectamente, involuntariamente, pero parte al fin y al cabo— de ese mundo que está manteniendo en la miseria al 80 por cien de la humanidad (a pesar de las cifras que nos quieran vender los Amos del Mundo a través del Banco Mundial).

Y es que, cuando no se es parte de la solución, no podemos dejar de ser parte del problema.

Va siendo hora de que asumamos nuestra responsabilidad en el mundo, y de que aceptemos que, para no ser parte del problema, convendrá que renunciemos de buen grado a muchas de nuestras comodidades y nuestros lujos, convendrá que seamos consecuentes con lo que opinamos, pensamos y creemos, y que no nos dejemos llevar por ese egoistilla que todos llevamos dentro y que, al final, prefiere que las cosas sigan igual para nosotros, aunque sea a costa del sufrimiento, el hambre, el dolor, las enfermedades y las guerras en otros países lejanos.

Si queremos un mundo mejor para todos, todos tendremos que poner algo de nuestra parte.

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