Activismo y cambio de conciencia social
Thursday August 17th 2017

Revoluciones no-violentas

Como bien señalaba Gandhi, toda la comunidad, hasta los niños y los ancianos, pueden participar en la lucha no-violenta. (Foto de Hussein Malla, AP. Niña en la Plaza de Tahrir.)

Probablemente haya alguno, o muchos, que me tachen de optimista. Pero, ¿qué se puede esperar de un Creativo Cultural?

Los estudios sociológicos de Paul H. Ray y Sherry Ruth Anderson sobre los Creativos Culturales (en este enlace puedes leer un artículo mío en la Red Sostenible y Creativa donde hablo de ello) indican que ese amplio sector sociológico de la población mundial, que se estima ya en torno a un 30% y que “amenaza” con cambiar el mundo, tiene como una de sus principales características un manifiesto optimismo. De modo que no me voy a cortar y voy a ejercer de Creativo Cultural, como buen boomer contracultural no renegado —¿o habría que decir superviviente?— que sigo siendo.

Y es que me llama la atención de forma muy positiva lo que está sucediendo en el mundo —en estos momentos, concretamente, en el mundo árabe— con el tema de las “revoluciones”.

Hasta hace bien poco, cualquier revolución que se preciase de serlo tenía que ser una revolución violenta, por las armas, con cabecillas militares, o con formación militar, y con sangre, a veces mucha sangre.

Cuando uno escuchaba la palabra “revolución”, le venían enseguida a la mente imágenes de violencia, de tiros, explosiones, escaramuzas callejeras y ejecuciones o matanzas. De hecho, incluso, si uno busca la palabra en el Diccionario de la Real Academia, verá que, en su segunda acepción, dice: “Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación” (el subrayado, claro está, es mío).

Es evidente que, aquí, el término “violento” puede ser sinónimo de “radical”, “brusco”, y no de “violencia” en sí. Pero los académicos de la lengua española suelen ser muy perfeccionistas a la hora de elegir los términos, y el que aparece ahí es “violento”, no “radical” o “brusco”.

El caso es que, de un tiempo a esta parte, se puede ir constatando —o, insisto, quizás yo sea demasiado optimista— que las revoluciones son cada vez más “revoluciones no-violentas”.

Y no me refiero a esas revoluciones en las que no hay derramamiento de sangre simplemente, como la revolución bolivariana de Hugo Chávez, en la que no ha habido casi violencia de sangre, pero sí mucha violencia no física. Me refiero más bien a las revoluciones verdaderamente no-violentas, en las que los revolucionarios, en su inmensa mayoría, no contemplan para nada el uso de las armas, sino que están dispuestos a salir a la calle a manifestar sus ideas y a arriesgar sus vidas con las manos desnudas.

De algún modo, son las verdaderas “revoluciones del pueblo”, puesto que el pueblo no suele tener armas, y puesto que, sin armas, la única manera de hacer desistir a un tirano es mediante el número, que es de lo que anda bien pertrechado precisamente el “pueblo”.

Lo que está ocurriendo actualmente en los países árabes me resulta sumamente esperanzador, y más si tenemos en cuenta los estereotipos que se manejan, al menos en Occidente, con el mundo árabe.

Según esos estereotipos, uno podría esperar una revolución no-violenta en un país budista, por ejemplo, con un modelo tan destacado como el del pueblo tibetano. Pero de los árabes, y de los musulmanes, nos han venido inculcando desde hace siglos el estereotipo del cuchillo entre los dientes (véase Islam y mundo árabe, en la escuela y medios de comunicación, de Rafael Miralles), y lo que está sucediendo en las últimas semanas no sólo debe resultarnos esperanzador, sino también profundamente educativo para los occidentales, y para los cristianos en general.

Las revoluciones no-violentas se están poniendo “de moda” —esperemos que no se trate de una moda pasajera— en el mundo árabe, allí donde menos se hubiese esperado desde Occidente. Pero me temo que esa “moda” no va a ser una exclusiva del mundo árabe, a tenor de la movilización de la sociedad civil en todo el mundo a través de las redes sociales y de Internet en general.

Y eso quizás sea indicio —me aferro a mi optimismo— de que los seres humanos (la consciencia colectiva humana) estamos comenzando a darnos cuenta de que la no-violencia puede ser tan eficaz, o más eficaz si cabe, que la violencia a la hora de resolver nuestros conflictos, y que, en última instancia, sus “efectos secundarios”, las consecuencias que trae consigo, son infinitamente menos dañinos y más beneficiosos que los efectos secundarios de la violencia. No olvidemos que las heridas físicas y emocionales de una revolución violenta pueden tardar decenios en cicatrizar, en tanto que una revolución no-violenta permite restablecer la concordia social en muchísimo menos tiempo.

¿Estaremos en los albores de una nueva humanidad, capaz de zanjar sus disputas y de imponer la justicia de modos verdaderamente civilizados?

Esperemos que sí. Yo, al menos, quiero creer que sí.

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