Activismo y cambio de conciencia social
Tuesday December 12th 2017

Una sociedad ensimismada

Fotografía de Jon Sullivan (PDPhoto.org)

Estoy convencido de que una buena parte de los problemas que tenemos actualmente en las sociedades occidentales, entre ellos los problemas medioambientales, se deben al hecho de que vivimos ensimismados.

Un misionero comboniano al que entrevisté hace años para la radio, durante una de aquellas hambrunas de Etiopía, el padre Antonio Calveras, decía que la gente en Occidente vivimos dentro de una especie de burbuja, aislados del mundo real, anestesiados a las durezas de la vida, pero también a las bondades de ésta. Decía que sentía más compasión por nosotros que por las gentes que morían de hambre en África, porque, al menos, la gente en África seguía riendo y llorando desde lo más profundo de su alma, plenamente vivos en su realidad, gozosa o dolorosa. Antonio Calveras nos veía un poco como sonámbulos, moviéndonos por la vida como si estuviéramos despiertos, aunque inmersos en nuestro sueño.

Y yo creo que la burbuja de la que hablaba este misionero no es sólo una burbuja individual, en la que cada uno nos metemos con el anhelo de no sufrir. Creo que el principal problema es que hemos hecho grandes burbujas colectivas (las grandes ciudades) e, incluso, gigantescas burbujas masivas (las sociedades occidentales).

Vivimos de espaldas a la realidad del mundo que nos rodea, ensimismados en nuestras pequeñas o grandes preocupaciones cotidianas, esas preocupaciones de lo que tenemos más a mano dentro de nuestra burbuja individual o colectiva.

¿Cómo una sociedad que vive principalmente en grandes y medianas ciudades, cuyas decisiones se toman desde las grandes ciudades, va a vivir en armonía con el mundo natural, un mundo natural que le es ajeno desde dentro de la ciudad, con la única interacción directa de si llueve o hace frío?

No es lo mismo constatar que hace frío cuando sales a la calle en la ciudad, que ver el pequeño río congelado, las hierbas cubiertas de cristales de hielo y sentir el silencio de los pájaros, acurrucados en sus ramas. Y no es lo mismo leer la noticia de que tal o cual río está contaminado que ver con tus propios ojos la espuma de la contaminación flotando sobre las aguas de ese río que pasa por las cercanías de tu casa.

Indudablemente, no es lo mismo; porque las impresiones que recibe nuestro cerebro son muy diferentes; unas quizás te lleven a preocuparte y poco más; las otras te impactarán de un modo más profundo, alentando en ti el deseo de actuar de algún modo.

Antes de comenzar este post, he mirado en el Diccionario de la Real Academia la definición de “ensimismarse”. En su primera acepción remitían a “abstraerse”; y este término se define así: “Enajenarse de los objetos sensibles, no atender a ellos por entregarse a la consideración de lo que se tiene en el pensamiento”.

Los seres humanos vivimos en gran medida en nuestro pensamiento, enajenados de la realidad sensible que nos envuelve. Como cualquier psicólogo cognitivo te dirá, no interactuamos con las verdaderas cosas o personas que nos rodean, sino con la imagen mental que nos hemos forjado de esas cosas o personas, y con los valores que les asociamos.

Pero el hecho de vivir en nuestro pensamiento se ha acrecentado desde que una inmensa mayoría de la población, sobre todo en el mundo occidental, vive en grandes urbes, enajenada de la inmensa realidad natural que existe más allá de sus suburbios.

Así, no resulta extraño que nuestros dirigentes, habitantes de ciudad y abstraídos en su estrecho mundo de preocupaciones, pensamientos y realidades más inmediatas, vivan en gran medida enajenados del mundo natural. De hecho, en su burbuja, circunscritos a su pequeño mundo político, hasta llegan a vivir enajenados de la realidad de las poblaciones a las que gobiernan.

Pero, por poderosos que nos creamos los seres humanos, por triunfadores que nos veamos frente a las leyes naturales, por seguros que nos podamos sentir en el útero de las ciudades, la Naturaleza, esa íntima mecánica de funcionamiento del organismo Tierra, va a continuar con sus inquebrantables procesos de reajuste, CAIGA QUIEN CAIGA.

Más nos vale comenzar a prestar atención a la realidad que existe más allá de las fronteras de las ciudades, dejar de vivir de espaldas a la Naturaleza y a la Vida, abandonar nuestro ensimismamiento y nuestra burbuja, antes de que sea demasiado tarde. Antes de que, como a Sísifo, ensimismado en su tarea de subir la piedra a la cumbre de la montaña, la montaña nos envíe la piedra de vuelta ladera abajo y nos obligue a comenzar de nuevo.
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