Activismo y cambio de conciencia social
Tuesday September 26th 2017

WikiLeaks: Un dilema ético

Joe Lieberman, Mike Huckabee y Sarah Palin, del Partido Republicano de EE.UU., y Tom Flanagan, asesor del primer ministro canadiense, piden el asesinato o la ejecución de Julian Assange y/o de Bradley Manning. Da la impresión de que, paradójicamente, el nazismo se inoculó en algunos líderes de los mismos países que lo combatieron.

Más allá de las consecuencias políticas, económicas o periodísticas del caso WikiLeaks, existen otras consecuencias de las que no se suele hablar y que, sin embargo, considero cruciales para el devenir de esta sociedad global recién nacida en la que vivimos. Me refiero a las consecuencias éticas de todo lo que han suscitado las filtraciones de WikiLeaks, al modo en que la sociedad mundial vaya a aceptar o no las reacciones de los políticos o financieros de turno. Es decir, si va a exigir responsabilidades o va a dejar pasar y dar por sentadas como algo natural determinadas actitudes y comportamientos que se están dando como materia de hecho, como reacciones comprensibles, incluso justificables; reacciones que, no obstante, desde un mínimo rigor ético y moral, son evidentemente censurables.

Dejando a un lado los disparates mediáticos de los trogloditas más extremistas del sector republicano y del Tea Party en los Estados Unidos —con afirmaciones dignas del período nazi, como la de que habría que declarar a WikiLeaks organización terrorista, o como las que piden el asesinato de Julian Assange—, el hecho de que la clase política, especialmente la norteamericana, ni siquiera se plantee la posibilidad de asumir responsabilidades, ¡qué digo!, ni siquiera se haya excusado por su inmoral y desvergonzado comportamiento, es algo que debería preocuparnos, y mucho.

A la vista de todo el mundo han quedado patentes sus prácticas de extorsión y de chantaje; se les ha descubierto comprando o vendiéndose al mejor postor (el Imperio, claro); renunciando a sus ideales sociales o políticos por intereses de grupos de poder o por simples intereses personales; organizando o incitando guerras, en las que mueren decenas o cientos de miles de inocentes, por los mismos rastreros motivos; haciéndole la cama aquí o allá a las grandes corporaciones financieras, cuando deberían defender los intereses del pueblo que les eligió y no los de los amos del mundo; contradiciéndose descaradamente y mintiendo sin ningún rubor, y sin pronunciar la más mínima excusa cuando han quedado en evidencia; y volcando su furia desmedida sobre Julian Assange, sobre WikiLeaks y sobre Bradley Manning (el soldado que filtró los cables), en lugar de buscar responsabilidades por crímenes de guerra —algo que sí tendrían que perseguir— entre sus propias tropas; realidad que precisamente WikiLeaks evidenció de nuevo hace unos meses, con la filtración de un vídeo de Iraq.

Pero lo que más enciende de todo esto es que, además, pretendan ahora mostrarse ante la opinión pública con el marchamo de víctimas, de pobrecitos políticos agraviados y ofendidos, incluso con derecho a estar enfurecidos y clamar venganza (léase extradición, consejo de guerra y, llegado el caso, ejecución).

Esto en cuanto a los políticos que se han quedado en cueros (aunque también habría que incluir aquí a muchos personajes de la clase judicial). Pero, ¿qué podemos decir de los dueños de los mercados, del poder financiero? Con el devenir de los acontecimientos, también ha quedado patente cuál es la catadura moral que impera en el mundo financiero; poder que, en última instancia, no lo olvidemos, es el que controla el patio político mundial.

PayPal, Visa y Mastercard, por ejemplo, han cancelado las cuentas y el uso de sus tarjetas para financiar a WikiLeaks, en tanto que nunca han puesto impedimentos para financiar al Knights Party, una formación racista respaldada por el Ku Klux Klan. Y la banca suiza, bajo el brazo ejecutor de PostFinance, canceló una cuenta de 37.000 dólares en donaciones para WikiLeaks con la  estúpida excusa de que su titular mintió respecto a su país de residencia; cuando la banca suiza atesora una grandísima parte del dinero sucio de todo el mundo sin ningún remilgo. Como decía el periodista de guerra Ramón Lobo en su blog, “Nadie preguntó a Mobutu Sese Seko de dónde había obtenido sus millones. Importa la residencia, no el delito”. (Más de 4.000 millones de dólares, robados a su propio pueblo, tenía este señor en 1984 en los bancos suizos.)

Éste es el perfil ético y moral de todos los personajes y personajillos, instituciones y corporaciones que se han quedado con las vergüenzas al aire con las filtraciones de WikiLeaks. Y ellos, los deshonestos y desvergonzados, son los que apuntan con su dedo acusador —con forma de cañón de M-16— a personas como Julian Assange o Bradley Manning.

Aún no tenemos datos suficientes como para valorar el perfil ético de estos dos hombres. Es el tiempo el que pone a todo ser humano en su sitio y el que permite ver con transparencia quiénes somos unos y otros. Pero sí podemos aportar algún atisbo de lo que puede moverse en el interior de Assange y de Manning; dejando ya de lado, por absurdo y maquiavélico, el tema de las demandas de violación de Assange en Suecia, demandas que el cineasta Michael Moore desnudaba también en su blog, en un post titulado Querido gobierno de Suecia… ver post (en inglés, claro).

En el año 2007, mucho antes de que Julian Assange fuera un personaje mediático, éste decía en su blog:

“El universo entero o la estructura que lo percibe es un respetable oponente; pero, por mucho que lo intente, no puedo escapar al sonido del sufrimiento. Quizás, cuando sea viejo, pueda disfrutar trasteando en un laboratorio y hablando amablemente con los alumnos en las noches de verano, y quizás acepte el sufrimiento despreocupadamente. Pero no ahora. Cuando los hombres están en la plenitud de su vida, si tienen convicciones, su deber es actuar en consonancia con ellas”.

Parece que nos encontremos ante un hombre compasivo y comprometido con la tarea de dejar tras de sí un mundo mejor que el que se encontró. Eso, al menos, parece. Como digo, el tiempo dirá quién es Julian Assange, pues palabras bonitas las tenemos todos. Pero, de entrada, estas palabras ya son mucho más morales y ejemplarizantes que las de tanto cavernícola republicano en Estados Unidos y tanto político o financiero desvergonzado como WikiLeaks ha dejado al descubierto.

En cuanto a Bradley Manning, no se le ve tan inculcado de valores y principios como Assange, pero sus palabras también traslucen algo más de conciencia que la de muchos de sus carceleros y acusadores. David Alandete contaba de él en El País el 2 de diciembre pasado:

"Liberad a Bradley Manning. Tirar de la manta con los crímenes de guerra no es un crimen."

“En sus conversaciones con Lamo [Adrian Lamo es el hacker norteamericano que lo delató], se muestra frustrado, desengañado, resentido con el Ejército, su país, la religión. ‘He estado aislado demasiado tiempo’, dice. ‘Tomo pastillas como un loco’. ‘Siento que abusan de mí como de una mula de carga’. ‘Quiero que la gente vea la verdad’. ‘Ya no creo que haya gente buena y mala. Hay una serie de países que actúan siempre a favor de su propio interés’. No da una razón específica para filtrar toda la información que tiene a su alcance. ‘Era información muy vulnerable. Y, bueno, se la mandé a Wikileaks. Dios sabe lo que sucederá a partir de ahora. Espero que haya una gran discusión mundial, debates, reformas. Si no es así, estamos condenados como especie”.

Manning, con su filtración de los cables del Departamento de Estado, esperaba que hubiera un cambio para mejor en la política mundial. Ésa parece ser, al menos, una de sus motivaciones.

Y, sin embargo, al soldado Manning lo tienen incomunicado y aislado desde hace meses, y no le dejan dormir, imagino que siguiendo los procedimientos de tratamiento a terroristas a los que se pretende derrumbar física y mentalmente para que digan lo que ellos quieren que digan. En cuanto a Assange, de todos es conocida su situación, acosado como el enemigo público número uno de los Estados Unidos, del Imperio.

Es el mundo al revés. Los que tendrían que estar dando explicaciones, los que tendrían que estar dimitiendo, los que tendrían que estar excusándose, los que tendrían que estar muertos de vergüenza, hacen alarde de agravio y se vienen arriba, como dueños y señores no sólo de los poderes que el pueblo les concedió, sino también como dueños y señores hasta de la moral, de los principios éticos que tenemos que acatar todos. En tanto que quienes han arriesgado la vida por hacer un mundo más transparente, más limpio y menos corrupto, se ven perseguidos, encarcelados y poco menos que torturados.

Y todo esto ante la opinión pública de los países democráticos, donde, en teoría, estas cosas no podían pasar.

Es preocupante, muy preocupante, que esta situación siga su curso sin que los deshonestos no caigan de sus pedestales de poder. Y los medios de comunicación, con la excepción de los cinco grandes medios que están ofreciendo al público las filtraciones, tampoco están haciendo demasiado para propiciar esa caída, para exigir responsabilidades, para avergonzar y presionar a quienes sí tienen de qué avergonzarse. De ahí que, si la sociedad civil no se moviliza y exige responsabilidades a tantos políticos y financieros pringados hasta las axilas en el lodazal de tan inmorales actitudes, comportamientos y procedimientos, estaremos sentando un precedente para que todas estas desviaciones y corrupciones éticas se vean a partir de ahora como algo comprensible, justificable, “normal”.

Si, como dice Assange, tenemos convicciones, es hora de que actuemos en consonancia con ellas; pues, como bien dice Ramón Lobo, en sus comentarios sobre un documental que emitió la televisión sueca sobre WikiLeaks, lo que está en juego no es la seguridad nacional de ningún país, sino la impunidad de los crímenes.

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