Activismo y cambio de conciencia social
Tuesday October 17th 2017

Las semillas del conflicto… y la guerra

Barcelona 2006 (Agencia EFE)

¿Has reflexionado alguna vez sobre el sinsentido del comportamiento de esos hombres que, aún detestando profundamente a sus esposas o compañeras, se empeñan en seguir viviendo con ellas y en impedir a toda costa que ellas se alejen de ellos e inicien una vida aparte?

Estos hombres serían más felices si dejaran ir a sus mujeres y se olvidaran de ellas; tendrían ocasión de iniciar una relación con otra mujer a la que no detestasen y se darían la oportunidad de volver a ser felices. Y, sin embargo, se empecinan en no dejar escapar a quien detestan, convirtiendo su vida y la de su pareja en una pesadilla.

Es un comportamiento realmente absurdo, incluso estúpido, a pesar de que muchos de estos hombres pueden ser ciertamente inteligentes y cultos.

Resalto lo absurdo de este comportamiento a propósito de una situación que, salvando las distancias del número de personas implicadas, tiene una semejanza patente en cuanto a las emociones implicadas y al absurdo de las actitudes que generan. Me refiero al tema (ya cansino para mí) del rechazo de una parte de la sociedad española a los catalanes.

Para los que viven fuera de España, este conflicto es un asunto que no terminan de entender, posiblemente porque proceden de países donde hay una mayor homogeneidad cultural. Pero España, como tal, “is different” también en esto. No soy un experto en historia, pero sí sé lo suficiente como para explicar que España es la suma de varias culturas distintas que, desde la Edad Media, han venido enfrentándose y haciendo alianzas hasta unirse políticamente en un conglomerado sumamente rico, no sólo en lenguas, sino también en costumbres e idiosincrasias ante la vida. Hay que tener en cuenta que en la península ibérica convivieron musulmanes, cristianos y judíos durante ocho siglos, en “países” distintos: Castilla y León, Al-Andalus, Aragón y Cataluña, Navarra y el pueblo vasco… (no vamos a hablar de Portugal porque esto nos ocuparía mucho más tiempo).

En España fuimos capaces de unirnos mucho antes, por ejemplo, de que consiguieran hacer lo mismo en las Islas Británicas. La unificación (previa conquista de Al-Andalus) tuvo lugar aquí a caballo de los siglos XV y XVI, en tanto que el Reino Unido (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte) se unieron a principios del siglo XVIII. Curiosamente, los ingleses no se echan las manos a la cabeza por el hecho de que Escocia, Gales o Irlanda del Norte tengan sus propias selecciones nacionales deportivas, o de que en Escocia acuñen billetes diferentes con el nombre del “Banco de Escocia”; dos hechos que serían poco menos que un “pecado” en España. Simplemente, los británicos aceptan el hecho diferencial de sus culturas y lo asumen sin dramatismos.

Pero no pretendo entrar —de momento— en la cuestión política, sino en la cuestión de las actitudes que, como psicólogo, es mi campo. Y es que me preocupan las actitudes de tantos españoles con respecto a los catalanes, puesto que se trata de actitudes que, en sí, son semillas de conflicto y, por extensión, de guerra.

No, no estoy exagerando. En la sociedad española estamos dando la paz por sentada, como algo que está ahí y que va a seguir estando ahí sin tener que hacer ningún esfuerzo; cuando nuestra historia reciente —sin ir más lejos, la del siglo pasado— nos dice que no es así.

No demos la paz por sentada, y menos cuando se están alimentando actitudes y estados emocionales que llevan al conflicto directo. En la antigua Yugoslavia tuvieron que darse esas mismas actitudes y estados emocionales antes de desembocar en unas guerras cruentas cuyas heridas tardarán decenios, incluso siglos, en restañar. Yugoslavia también era una suma de culturas, y era un país con peso específico en Europa; hasta que alguien se empeñó en alimentar esas actitudes de confrontación, y ya sabemos cómo terminó todo, en una serie de pequeños países que, por separado, tienen mucho menos que decir y que aportar a la moderna Europa.

No minimicemos, así pues, la importancia que tienen estas semillas del conflicto, estas actitudes y emociones que enfrentan a las gentes dentro de una misma nación.

Para empezar, quizás sería bueno que nos planteáramos el absurdo de la actitud del que rechaza y, al mismo tiempo, pretende obligar al rechazado a seguir a su lado. Le hablo a la gente de la calle: si tanto detestas a los catalanes, ¿por qué te empeñas en que tienen que seguir dentro de España? Si los catalanes decidieran mayoritariamente que quieren salir de esa unión española (cosa que sinceramente dudo), ¿no te parecería absurdo empeñarte en que siguieran unidos a ti, cuando tus actitudes con respecto a ellos son de desprecio? Nos encontraríamos ante el mismo sinsentido del hombre que detesta a su mujer del que hablaba al principio de este post.

Y es que, si lo que queremos es que Cataluña no se separe de España, ¿no sería más inteligente y eficaz decirles a los catalanes que les queremos, que queremos que sigan con nosotros, y que incluso nos sentimos orgullosos de ellos? (Recuerdo, sin ir más lejos, que el orgullo nacional que ha generado la conquista de la Copa del Mundo de futbol por parte de España, pasa por el hecho de que en el once titular de la selección española había cinco catalanes permanentemente, seis cuando entraba Cesc en el campo, ¡más de la mitad del equipo!)

Y es que, debido a la ley de acción-reacción, las actitudes de rechazo y de desprecio generan más actitudes de rechazo y de desprecio en el otro lado, que alimentan a su vez las actitudes de rechazo y desprecio en este lado, que a su vez alimenta las del lado opuesto, que a su vez… en definitiva, un círculo vicioso que, en este asunto, recibe el nombre de ESCALADA DE LA VIOLENCIA.

10 de julio de 2010. Un millón de personas se manifiesta en Barcelona en defensa del estatut de Cataluña. (AFP)

Yo he vivido dos años y medio en Cataluña, y debo decir que, allí, la inmensa mayoría de la gente no se plantea el tema de la independencia como una aspiración que haya que plantearse seriamente, algo por lo cual soñar… ¡salvo cuando se sienten agredidos por aquellos sectores de la sociedad española que les rechazan! De hecho, muchos catalanes que no han pasado demasiado tiempo viviendo en cualquier otro lugar de España, se sorprendían cuando yo les hablaba de esas actitudes de rechazo que tan extendidas están en el resto del país.

Así pues, si lo que de verdad queremos es que los catalanes sigan dentro del estado español, será más inteligente y sabio decirles que les queremos y que les valoramos. Y si lo que ocurre es que les detestamos tanto como para no quererles, ¿para qué empecinarse en que TIENEN QUE seguir a nuestro lado? (TIENEN QUE = “Yo te obligo por mi santa voluntad”). Yo, personalmente, prefiero no estar demasiado tiempo con las personas con las que no me encuentro a gusto; no les deseo ningún mal, pero no me empeño masoquistamente en tenerlas a mi lado.

Pero me gustaría también dar algunos apuntes fuera del campo en el que más preparado estoy, el de las actitudes y las emociones. Me gustaría entrar también en el tema político o, incluso, económico. Y es que no dejo de preguntarme a quién le interesa este enfrentamiento entre las culturas de España. Ésa es la pregunta clave en este tema: ¿quién o quiénes están interesados en dividir a las gentes de este país?

Indudablemente, atisbo intereses políticos —y no me voy a esconder, por mucho que sea “políticamente incorrecto” para un líder de una ONG hablar de política. El partido político que más ha enfrentado al resto de los españoles contra los catalanes es el mismo partido que, con la misma táctica política, exacerbando el enfrentamiento de los valencianos contra los catalanes, consiguió hacerse un feudo permanente en la Comunidad Valenciana, una comunidad española que, tradicionalmente, votaba mayoritariamente a la izquierda. Esto es un hecho, y no un mero asunto de opinión.

El universo es paradójico, y resulta paradójico que quienes más hablan de la unidad de España sean los que más flaco servicio estén haciendo a esa unidad. Al fin y al cabo, los extremos de toda disputa se alimentan mutuamente en menoscabo de los moderados.

(De los intereses electorales de los partidos políticos catalanes también podríamos hablar, pero eso es algo que dejo a los propios catalanes que están por la paz y la concordia. Quedo a la espera de que alguien levante la voz desde allí.)

Pero, dicho esto, yo no me quedaría con que la siembra de las semillas del conflicto con los catalanes sea un asunto exclusivo de estrategia política ni de un partido o sector social en concreto. Yo pienso que hay algo más detrás. Y es que, en un mundo donde los intereses económicos tienen prioridad sobre la política, me temo que habría que averiguar quién saldría económicamente beneficiado de este encono con Cataluña.

Dejo la pregunta en el aire para que cada cual indague y especule. Yo me confieso incapaz de ir más allá —de momento. Aunque me gustaría apuntar también lo que el escritor uruguayo Eduardo Galeano recordaba hace poco en el periódico La Jornada (31/07/2010), que “El historiador estadounidense Arnold J. Toynbee advierte que las sociedades en decadencia tienden a la uniformidad y las sociedades en ascenso tienden a la diversidad”. Así pues, más nos convendría aceptar y cultivar esa diversidad cultural que nos ha hecho y nos puede seguir haciendo crecer.

Solamente me queda ya acabar proponiendo un ejercicio de imaginación a todos aquéllos que rechazan de plano la actitud de los catalanes de defensa de su cultura.

Imagina que la Unión Europea se convierte en una realidad política, con un gobierno único con sede en cualquier otro lugar de Europa que no fuera España. Imagina que, con el transcurso de los años, ese gobierno dicta que el inglés es el idioma oficial y que, decenios o siglos después, bajo un gobierno un tanto autoritario, se dictaminara que tu idioma, el español (habría que decir, el castellano, porque el galego, el euskera y el catalán también son idiomas españoles, de momento), pasa a ser un idioma de segunda clase, y que en los colegios donde estudian tus hijos, en la propia España, se imponen las clases en inglés y vas viendo que la gente de las ciudades comienza a hablar más el inglés que el castellano. ¿Qué pensarías? ¿Cómo te sentirías al ver que el idioma de tus padres es arrinconado, que la cultura que te nutrió es minusvalorada en el resto de Europa y vista como una cultura de segunda división? ¿Harías algo por defender tu idioma, tu cultura, tu orgullo de ser español? Seguro que sí.

¿Y cómo te sentirías si en el resto de Europa la gente no comprendiera tu actitud y te criticaran por no aceptar la “europeidad” de España, y por poner en peligro la unidad europea? ¿No te darían ganas de independizarte de Europa? No me digas que eso no te pasaría a ti.

Así pues, ¿acaso podemos culpar a los catalanes por hacer lo mismo que hubiéramos hecho nosotros de haber estado en su lugar?

Como pacifista y como psicólogo, mi misión es advertir de las nefastas consecuencias que pueden tener algunas actitudes y emociones irreflexivas en la vida de todos, catalanes y no catalanes. Reflexionemos, por favor, en el recorrido que pueden tener esas pulsiones humanas, en lo que pueden propiciar y generar, y no nos dejemos manipular por aquellos que, por intereses políticos o económicos, buscan encender la llama del conflicto entre nosotros.

No olvidemos que las semillas del conflicto son las mismas semillas que dan lugar a las guerras.

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4 comentarios para “Las semillas del conflicto… y la guerra”

  • elena says:

    Absolutamente genial.

  • grian333s says:

    Gracias, Elena. Aunque estoy viendo ahora que he cometido un error de bulto en mi planteamiento en este post.
    Digo que las semillas del conflicto son las mismas semillas que las de la guerra, y eso no es cierto. Las semillas del conflicto no tienen por qué ser las semillas de la guerra siempre y en todos los casos. Como dice Gandhi, el cambio genera conflicto, y eso es un proceso natural y, de ahí, necesario. El conflicto forma parte de esa dialéctica que nos permite seguir avanzando. Lo importante aquí es resolver el conflicto de forma no-violenta, abordarlo de forma no-violenta, que sí es donde estamos cometiendo el error como sociedad. Las actitudes de rechazo a los catalanes son actitudes violentas, que no llevan en sí violencia física, pero que pueden propiciarla.
    El problema en ese sector social que fomenta el rechazo a los catalanes estriba en que se están sembrando semillas de violencia. Y hemos de estar alerta ante esta situación, porque hay muchas personas de buena voluntad que se están sumando a estas posturas sin darse cuenta de lo que están alimentando.
    La escalada de la violencia es muy sutil. Se nos va yendo “la boca” en uno y otro bando, hasta que llega un momento en que los ánimos se caldean, y el más inconsciente de todos recurre a la violencia; y, con ello, la cadena puede hacerse imparable; y todos, los más y los menos conscientes y sensatos, perdemos la cordura.

  • Estrella says:

    Me temo que las semillas del conflicto pueden generar una guerra porque los seres humanos somos muy dados a “perder los papeles” (como se suele decir…) cuando creemos tener razón. Desgraciadamente fue mas o menos así como ocurrió aquello que es mejor olvidar y que origino una guerra entre hermanos (nunca mejor dicho…) el pasado siglo en este país. Yo he conocido a hermanos de sangre luchando en diferentes bandos.¿Hay algo mas absurdo que una guerra sea por lo que sea y se pelee contra quien se pelee…?
    Sí… el cambio genera conflicto pero lo peor es cuando ese conflicto se nos va de las manos y eso, desgraciadamente, sucede muy a menudo.

  • grian333s says:

    Lo de “perder los papeles” es el gran problema humano, el de la gestión de las emociones, algo que debería ser asignatura obligatoria en todos los colegios del mundo, en lugar de otras muchas asignaturas que sólo aportan información que olvidaremos más pronto o más tarde.
    Pero, por encima de todo, tenemos que hacer un esfuerzo por emerger del pensamiento de masa, de ese pensamiento que controlan desde los medios de comunicación y desde los distintos intereses políticos y económicos. Aprender a pensar independientemente, sin dejarse arrastrar por lo que dicen los del arco social o político más cercano a tus colores. Sólo así no podrán manipular a las masas aquéllos que pretenden manipularnos a todos y llevarnos a donde a ellos más les interesa.
    Pensemos por nosotros mismos, y lleguemos a nuestras propias conclusiones, dejando siempre un margen para el error y para la rectificación, para la comparación de ideas y opiniones.
    No es fácil, pero es posible.
    Gracias por tu comentario, Estrella.


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